Las Visiones de la Cábala, de Lizet Benrey

Por Dominique Nahas


No cabe duda de que Lizet Benrey se preocupa por la expresión de la energía revitalizadora, en su obra abstracta. La energía de su pintura se percibe como propulsora, concentrada o difusa. Ahí ocurre una gran sensación contemplativa: Es, de hecho, el acontecimiento principal. La insinuación de los inconmensurables, lo contemplativo y lo activo, en apariencia coexistentes y puestos en suspensión dentro de la inquieta armonía de la obra . Esta interacción se ejecuta con delicadeza intencionada en pinturas como Organic Blues (Azules Orgánicos), por ejemplo. En ella, una mezcla aditiva, de ausencia y presencia, recorre la superficie pictórica, en tanto que su integración deviene en esponjosos y evanescentes pasajes de luz.

Hay otro aspecto al que debo hacer referencia; esto es, la capacidad de Benrey para evocar una ferocidad e intensidad guturales a través de sus pinceladas, al tiempo que preserva la delicadeza en el uso de claroscuros, como en Birth of Space (Nacimiento del Espacio). Esta obra, con sus tendencias románticas y simbólicas, nos ofrece un juego sensual de dramáticos contrastes de luz e invoca el ascenso del conocimiento, antes oculto, hacia la naturaleza divina. La obra se halla aterrizada, pero a un mismo tiempo no lo está, y difícilmente encuentra una resolución que pueda sentirse o percibirse. Los planes pictóricos están contagiados, afectados y elevados por una extraordinaria energía vital que no puede negarse. La sensualidad no solamente se observa, sino que también se siente, si es que se tiene la fortuna suficiente para contemplar estas superficies, con ese drama y urgencia que Benrey retrata e imprime en sus lienzos cargados, ampollados como están, de vitalidad reprimida. Esta vivacidad revitaliza las superficies, la oscuridad de las sombras y los efectos penumbrosos, sobre los que la artista evoca, como en una visión, para nosotros.

Una de las virtudes de la pintura abstracta es que no requiere narración o historia. Una buena obra abstracta se resiste a estas formas de información o persuasión. En su lugar, involucra a los sentidos y las sensibilidades en un impávido homenaje al aquí y el allá. En desafío a la traducción a datos o información, la abstracción depende de una interacción finamente sintonizada, de conocimiento, experiencia y la sensación de estar decodificando “aquello de lo que trata” la obra.

Las pinturas abstractas de Lizet Benrey tienen un componente distintivo y trascendental: Insinúan el reconocimiento de que el cambio y la transformación existen en todas las cosas a lo largo del tiempo y el espacio. Aluden a las energías (sublimes y profanas, terrenas y celestiales) y a la rueda cósmica que une dichas polaridades. Con todo ello, las obras de arte de Benrey son enigmáticas. Son difíciles de clasificar en términos de formato. Y esto no es en absoluto un aspecto negativo.

Compactas en tamaño, pero rebasadas en efectos visuales, sus piezas comienzan la existencia como monotipos en papel, cuyas formas y tonalidades son luego detalladas o cubiertas o extrapoladas con tinta litográfica, carboncillo o pasteles. La artista emplea una gama de herramientas con las que hace sus trazos. En efecto y con afecto, las exploraciones visuales de la artista se leen más bien como pinturas, no como obras en papel (monotipos), de acuerdo con el significado común de la palabra. Tienen la excelente textura de la pintura. La poesía del tacto y la sensación dan la esencia a estas obras. Con esto quiero decir que hay una perspectiva directamente visceral en la técnica del carboncillo que Benrey aplica a su obra. Por otro lado, las capas y la ruptura de la superficie pictórica de su pintura en el papel, también tiene qué ver claramente con estas sensaciones.

Las obras de arte de Benrey son, en cierto sentido, construcciones. Se planean utilizando tanto procesos sistemáticos como respuestas ordenadas a aquello que se presenta frente a ella, en tanto que se favorecen en el momento exacto y la forma correcta la oportunidad y el azar. Esto significa que sus obras son el resultado de una magnífica confianza en la certidumbre de la intuición para ejecutar su trabajo eficientemente. Las superficies recuerdan la vulnerabilidad de la diagramación pictórica y del grabado en papel, con la rudeza y la plasticidad de una pintura sobre lienzo montado y preparado. Las obras de arte de Benrey son intensas; su manejo episódico de los detalles tiene un contrapeso en los efectos visuales de la ópera, surgidos de la aplicación y yuxtaposición de los valores lumínicos, tal y como se aprecian en Illuminated Path (Sendero Iluminado), por ejemplo.

Habiendo dicho esto, no sorprende que sus obras sean eficientes conductoras de las emociones (generalmente contrapuestas). Su confiada inventiva de las formas y el manejo del colorido nos indica que se ha invertido una gran cantidad de fe en canalizar el alto nivel del carboncillo como elemento impredecible en los trazos de cada obra. Algunas sorpresas aguardan al espectador, ya sea a partir de los hábiles movimientos de la mano de la artista que evoca el espacio y el lugar, como en As the Waters Part (Mientras las Aguas se Separan), la evanescente descripción de Infinity (Infinito), o la cualidad atonal de Trascendence (Trascendencia), que señala la negación de las restricciones y la caída de los sistemas cerrados; así como los giros casi vocales y el deslizamiento de volúmenes pictóricos en Decoding (Decodificando).

Uno de los temas visuales predominantes en la obra de Lizet Benrey es el provocativo uso intensificado de claroscuros dramatizados, análogos a un sentido de comprensión generalizada que pareciera distribuirse estratégicamente para combatir a las fuerzas de la oscuridad. La luz y las pinceladas energéticas forman un campo que dramatiza la presencia de dos o más fuerzas o fuentes en conflicto. La dramatización visual se libera en sus obras. Lo que se entreteje son las lentas emanaciones y las revelaciones subsecuentes de percepción pura, con el ensueño. Estas imágenes pertinazmente reflexivas no pueden abrirse a la fuerza, ni leerse inmediatamente. Como  parsimoniosas constelaciones, se revelan a su propio ritmo, magistralmente, mientras el ojo del espectador explora las superficies de la obra, los fluidos colores y las formas. La artista es capaz de controlar ese mundo interiorizado, combinando extremadamente bien la tensión y la destreza. Dominique Nahas es curador y crítico de arte, radicado en Manhattan.

Traducido por Gerardo Lazos​

Mezzo soprano 

Por Adriano Numa


La voz pictórica de Lizet Benrey equivale a la de una mezzosoprano ligera, el registro audible de su pintura es capaz de resolver los más elaborados ornamentos de esa compleja partitura que es la vida y que están vedados a otras voces. Su arte logra que nuestros ojos escuchen, que de un solo golpe se filtre hasta nuestra alma una revelación profunda con la envidiable armonía de su concreción.

Sus trabajos son, aleatoriamente, himnos festivos, arias de lamento, poesía, síntesis, ecos de un sueño, entrañas de una protesta, reflexión o confesión; pero en cada uno habita esa musicalidad subyugante que sólo ella puede emitir. Su pincel es un alquimista en busca de grandes respuestas y tras contemplar su obra, nos ilumina nuevos senderos.

Translated by: Gerardo Lazos

Revista desde el Sotano 


Creación en lo absoluto

Por Lizet Benrey


El siglo XX ha sido el más sangriento en la historia de la humanidad debido a guerras, revoluciones y conflictos violentos. Pero hubo más muertes a causa de gobiernos absolutistas que por todas las guerras de esa centuria.

La ideología de lo absoluto representa, por ende, la destrucción, la aniquilación, la negación. Por el contrario, el arte es la expresión de la libertad, la imaginación, el reflejo de la diversificación, el arte es vida, el arte es creación.

Lo absoluto genera odio hacia el otro, rechazo al diferente, intolerancia, crueldad; se alimenta con la sangre del inocente y enmarca la muerte de la dignidad. Es la negación de la vida, el grito de lo prohibido, la intransigencia, las letras en llamas, la espada del robo, el galope del saqueo, los pasos de la violación. Retumba sonoramente en el portazo de clausura de cines, de teatros, poniendo un alto al canto de la poesía, a la danza de la libertad. Lo absoluto amaga con el fin del desarrollo de la civilización, el monopolio de ideas, el silencio de la música y la voz de la cultura, la represión, el juicio; es el arte denigrante, traicionero, burgués, de partido, del trabajador, arte inmoral y mercenario. Es el instrumento de destrucción de los legados del pasado, la sabiduría de las leyendas, los monasterios, la meditación.

Por ello, la negación de los  genocidios es en sí la prohibición de todo arte creado en su representación. El robo de grandes obras se ha utilizado para avasallar, a través de la humillación y la anulación; el conquistador busca desparecer a su enemigo físicamente y borrar por siempre sus más preciados objetos de arte, aquellos que reflejan su esencia, sus valores culturales, la riqueza de su espíritu.

El régimen absolutista también despoja al artista de sus tierras, su obra, su identidad, para poseer  su alma y no dejar trazo alguno de su existencia; lo denigra y lo calla. Hitler, mediocre y frustrado pintor, aborrecedor del Arte Moderno y corrientes como Dadaísmo, Cubismo, Futurismo y Expresionismo Alemán, llamándolos decadentes, llevó a cabo junto con los nazis el método de despojo de arte más calculado, analizado, ideológico y organizado en la historia de la humanidad, destruyendo y robando las grandes colecciones y bibliotecas de judíos, masones, gitanos y de los territorios ocupados por Alemania durante la Segunda Guerra Mundial. El despojo del arte ha ocurrido también, de manera brutal, en genocidios como el de Armenia, la antigua Yugoslavia, el Tíbet,  África y otros mas.

La política de odio es causa de genocidio, erradicación de grandes e importantes culturas y museos, así como el exterminio de millones de seres humanos. El robo de arte, para los absolutistas, es una manera de eliminar lo que ellos llaman “el mal”, para tratar de cambiar el curso de la historia pues se autoproclaman poseedores de la  “verdad  absoluta” homogeneizadora, la que rechaza a todo aquél que es diferente, al intelectual, al artista, al rebelde, a la minoría, al que no se parece, al que no esta de acuerdo, al otro, a la diversidad humana que refleja y enriquece con su pluralidad a la cultura universal.

El arte pervertido se convierte en propaganda, un arma que refuerza partidos políticos y religiones, perdiendo su esencia, su individualidad. Con información e imágenes que restringen, controlan y vigilan sentimientos, puntos de vista u opiniones, el artista será subyugado, se tornará indiferente, conformista, obedecerá y será mutilado tanto en su espíritu, como en su cuerpo. Algunos artistas mueren en campos de exterminio, por la sola idea de la restitución; perecen torturados, encarcelados, silenciados. Ésta ha sido y sigue siendo nuestra devastadora historia, donde el arte adquiere la cualidad de la compensación más trascendental.

Los artistas creadores -hasta en los momentos de mayor crueldad en la historia- son amantes del amor, de aquello que humaniza. Enfrentando así a los más perversos demonios con la voz de la esperanza. Se muestran deseosos de la luz proveniente de esa fuerza tan única, tan brillante que ciega a la destrucción; esa llama que le da significado a la vida, que se vuelve un escape del tormento, del sufrimiento, del profundo trauma; una terapia de sanidad con valoración de existencia, humanidad, sobrevivencia, trascendencia, pasión y creación. Por todo esto luchan aun cuando sus propias vidas peligren y así sea el final y sus últimas palabras.

Cuando se da una elección de libertad, podrán estar físicamente presos pero sus almas, jamás encadenadas. La salvación es preservar su historia, sus convicciones, hablar el idioma universal, ser escuchados por el mundo sin perder sus raíces, su etnicidad, su identidad propia.

El pintor sobrevive el holocausto a través de sus imágenes; la bailarina trasciende la guerra con su gracia y movimiento; el pianista vence a la muerte con su partitura; la cantante, en el genocidio, entona para el soldado; el poeta, torturado, escribe para el verdugo; la viuda, prisionera, baila con su compañera.

Los museos se convierten en sagrados recintos, visitados siempre durante la tragedia, tejiendo su vínculo con el espectador, brindándole su compensación al dolor. Con el testimonio del tiempo y las imágenes narradoras del sufrimiento, el arte cuestiona, sin ser dogmático; se presenta libre, abstracto, como el diálogo de la enseñanza, el reflejo del entendimiento, la evidencia de la barbarie. Denuncia la injusticia y le quita la máscara al genocida con el peso de la historia y del horror mismo.La palabra del arte rehabilita, libera, inspira, repara el alma, nutre los sentidos; cultiva los sueños, los anhelos y se opone a la negación. Conjura la risa, en medio de un infierno; el amor, ante la desilusión; la esperanza, por encima de toda devastación. El arte es utopía que reconcilia, la búsqueda pacifista de humanidad y libertad, esa gota de luz que ilumina y preserva la vida y nos hermana a todos -distintos e iguales- en un solo lenguaje, el lenguaje universal.



LA PRODUCTORA LUCY OROZCO PREPARA DOCUMENTAL SOBRE LA VIDA DE SHIRLEY CHERNITSKY


POR: GUADALUPE CONTRERAS MTZ


En la casa que fuera de la destacada pintora Shirley Chernitsky allá por las calles de San Ángel inn, nos reunimos con Lucy Orozco experimentada productora de Telenovelas como “El Pecado de Oyuki”, “Teresa” y “Las Secretas Intenciones” entre muchas más. También se encontraban presentes en esa reunión gente del equipo de la productora entre ellos Adriano Numa.

Carmen Piña quien captó con su lente lo mejor de la obra de Shirley,  se unió al equipo, para realizar el trabajo de fotografía. Y por supuesto no podía faltar Lizet Benrey hija de la inolvidable Artista Plástica, quien será la conductora y coproductora en mancuerna con Orozco en la realización de un interesante Documental sobre vida y obra, anécdotas de la destacada Pintora Shirley Chernitsky.  Descubrimos que Lizet heredó además del talento y la creatividad. La calidez y sencillez, virtudes que fueran de su madre. 

La joven sigue los pasos de Shirley, Lizet es inquieta y apasionada por el arte, ella admiraba a su mamá como artista y tuvo la fortuna de que le inculcara el arte de la pintura. Mas sin embargo ella tiene su propio estilo.

LIZET BENREY

Unas horas antes de la entrevista, Lizet había tenido un día de emociones fuertes, y de mucha nostalgia, ya que se dio a la tarea de reunir a amigos entrañables y familiares para visitar la tumba de su madre en el panteón Jardín de Santa fe.  A pesar del llanto durante el día. Ella amablemente accedió posar para nuestro lente.

Lucy Orozco y Lizet Benrey trabajan arduamente con la empresa Talentopost, en el documental que deberá estar listo para el 17 de Junio, este mostrará la atmósfera y las paredes que siempre acompañaron en vida a Shirley, en el video se plasmará su mundo, las fotos de sus mejores amigos, testimonios, sus cuadros, sus casas, sus pinturas e infinidad de recuerdos.

Lucy Orozco: “Estamos preparando un interesante Documental de mi mejor amiga con la productora Lizet Benrey Presenta y la empresa Talentopost. Agregó: “ La conductora será Lizet hija de Shirley, ella es realmente la productora y se encargará de relatar la vida y obra de Shirley.”

CARMEN PIÑA Y SHIRLEY CHERNITSKY


Orozco resaltó las cualidades de su gran amiga con la que mantuvo una amistad de 31 años. “Era una mujer de mucho mundo. Me encantaba su calidez que contrastaba con su espíritu New Yorkino que manifestaba con su vestuario. Shirley era una gran conversadora, le gustaba filosofar. Su mirada era de una persona buena pero al mismo tiempo era muy profunda, porque aunque era frívola e insensata y loca (risas), le gustaba ponerse pelucas en Nueva York. Le aprendí a dialogar en la ira. Cuando a mí me sale alguna cosa mal yo reacciono con ira y ella no. Shirley era mesurada y sabía darte el mejor consejo.”

A donde viajáramos ya sea a Tepoztlán o a Paris ella siempre sacaba su caballete y no podía dejar de pintar el día que no lo hacía se sentía culpable. La pintura la hacía nutrirse vitalmente. Fue una mujer Seductora e intuitiva

Que vivió plenamente. Tenía un gran sentido del humor, sus tragedias se convertían en Comedia. Fue una mujer fuerte hasta el final, sabiendo que se iba a morir fue muy valiente.”

Alfredo Peñuelas, Lizet Benrey, Lucy Orozco y Adriano Numa

Carmen Piña: (Fotógrafa) “Señalo Tengo gratos recuerdos de Shirley era una gran pintora, pero además un gran ser humano. Formamos un buen equipo de trabajo yo me encargué de hacerle todo su archivo de Fotos y le hice sus catálogos. Era Alegre llena de Energía, le gustaba la salsa. Tenía una gran presencia física eso y su talento le hacían destacar en donde fuera.”

Lizet Benrey (Hija) “Mi Mamá vivía para pintar pero también pintaba para vivir. Gozó muchísimo de la vida era muy positiva y muy realista. La recuerdo muy estricta pero a la vez muy libre. Ambas podíamos hablar de cualquier tema sin ningún tabú, fue mi mejor amiga se llevó mis secretos con ella”. Benrey recordó su primer contacto como alumna dentro de las artes plásticas. “Hubo una época en que mi mamá daba clases de pintura a algunos niños y yo me colé a esas clases y puse pintura en mis pies y pinte la pared con ellos y mi mamá no me regañó. Siempre la veía pintar en su estudio y aprendí las cosas visuales. A las dos nos gustaba lo

Mismo. Como persona era muy traviesa, le gustaba disfrazarse y un día fue mi cómplice en Acapulco; Yo quería conocer a Ringo Star de Beatles y le pedí que me acompañara y me acompaño y las dos nos disfrazamos de Conejitas y fuimos al Baby’O y saludamos a Ringo. Fue una mujer fuerte que no le tuvo miedo a nada. Ni al tumor canceroso al cual llamaba con sentido del humor ovni. Tampoco perdió la sonrisa ni en su agonía. Y siempre me pidió que yo siguiera difundiendo su obra que estaba tan llena de colorido y por ella voy a seguir exponiendo sus cuadros en las mejores galerías y también yo voy a seguir pintando para continuar su legado.” Puntualizó.

publicaciones

LA BÚSQUEDA DE LOS INTERIORES, LA OBRA DE LIZET BENREY

POR ROCIO CERON


No era nostalgia propia era nostalgia del hombre. -Ehitel Silva Zegarra


El arte, en su relación con el mundo y el Otro, ha tenido siempre la incesante búsqueda de encontrar en las aristas de la obra un pasaje para hacernos ver la verdad. Lizet Benrey no se aleja de este concepto. Artista atravesada por una doble nacionalidad —la mexicana y por adopción de residencia, la norteamericana— sus raíces y su mundo diario se entretejen. Si el rostro del mundo es poliédrico, como la luz y su multiplicidad de destellos, la destreza de la artista consiste en descifrar los hilos que conforman la urdimbre de las formas. Consiste, también, en reinterpretar los fenómenos cromáticos y los contextos de la memoria, del suceso histórico en el que está inmersa y de su propio espíritu en relación con el aire de los días. Benrey alumbra al espectador con metáforas plásticas sobre el sosiego y la pasión, antípodas aparentes pero que son reunidas en la obra de la artista.


El monotipo, la disciplina gráfica por la cual ha optado Benrey, con su carácter pictórico, entrelaza lo abstracto y lo evocativo. Nos entrega piezas de excelente factura en las que se revela un universo celebratorio. Celebración de luz y opacidad, más también celebración de la nostalgia y de la perdida. La artista es una observadora de la condición humana y de sus avatares así, entre el movimiento capturado y la fragmentación de las formas, la artista logra una simbiosis de sentidos. Por un lado, los sentimientos de lentitud, de tristeza, por otro una explosión de formas fragmentarias, elegía por la vida, por la gracia que obtiene del hecho mismo de la creación. Aunque en una primera lectura la obra de esta artista podría provocar en el espectador un cierto aire de desencanto, el juego cromático, con notas predominantes de colores fríos, se ve subyugado ante un atento uso de acentuaciones de colores vivos como los tonos rojizos, naranjas, arcillosos y azules eléctricos, que devuelven al espectador una cierta sensación de esperanza. La vitalidad se ve anunciada en estos trazos y una gestualidad alumbrada por estos destellos abren una vía posible de tocar vida, de insuflar en la obra un aliento vital, de brasa que procura hallar una esperanza, una vía de luz.

Obra de pequeño formato, es en su poderoso dinamismo interno en donde se potencian trazos y riesgos. La relación existente entre los elementos ejerce una tensión constante en el núcleo de la composición. Desde el fragmento se puede tener noción del centro, cada instantánea de los ámbitos álmico y mundano abre una posibilidad de percibir creación y destrucción, por ello la propuesta plástica de Lizet Benrey es clara: una mirada perspicaz (que siempre cuestiona) lleva a vislumbrar el entramado de la miseria del espíritu del hombre y su posible cambio, su posible redención. Esa es la apuesta de la artista, cuestionarse, liberar lo mirado, permitirse entablar un diálogo entre vulnerabilidad y fortaleza. La obra de Benrey busca más allá de la pieza, busca dialogar con su interlocutor visual desde su alma, no crea sólo a partir de sí, crea a partir de la conciencia de quien ha mirado el mundo desde su grandeza y su vacío. Por ello su obra es altamente humana, y tan pequeña, porque el arte que toca las fibras del pensamiento y el corazón no necesita grandilocuencia: necesita el espacio breve de quien ha visto lo necesario para entregarlo con la potencia que otorga la sinceridad. Fuerza y riesgo, pasión por diluirse en cada obra para estar de frente ante los ojos seducidos del espectador. Lizet Benrey crea pequeños universos donde el tiempo y el Otro se miran ante el espejo.

Ciudad de México      ​

Revista desde el Sotano 


El ser de una artista

Por Lizet Benrey


Muchas veces me pregunto, qué es ser artista. ¿Una forma de vida, una misión, un obsequio del que sólo los humanos gozan, la proyección del don de la creatividad y la imaginación? ¿Escogemos al arte como proyecto de vida o nos elige a nosotros? ¿Somos creadores o creamos a partir de lo antes hecho? ¿Y cuando no creamos, acaso dejamos de ser artistas?

Artista es quien comunica y conceptualiza, aquel ser, profundamente sensible, que abstrae de la realidad y crea con su obra un nuevo universo, más allá de cualquier lenguaje formal, de lo familiar, de lo antes visto, leído, escuchado o sentido. Artista es aquél que plasma realidades únicas.

La creación de una obra de arte generalmente comienza con el nacimiento de una idea. Luego llega la inspiración, palabra que se refiere a ese momento lleno de magia, habitado por las musas, por aquello que nos hace vibrar, que nos seduce a crear, que nos lleva de la mano al lugar donde todo sucede, donde físicamente se forma esa nueva y única realidad proveniente del inconsciente, a veces de lo irracional. El proceso creativo, por supuesto, no es siempre así, ni en ese orden, al menos no para mí.

¿Cuál es el ser de un artista, ese ser que nos invade, que nos posee, que nos llama a gritos cuando no le ponemos atención? ¿Será la aptitud, la capacidad natural o adquirida para producir arte, quizás aquello que nos exige su desarrollo o aquello que se resiste a dejar de existir? ¿Será el talento, pareja inseparable del impulso sediento, hambriento, dominante, que obliga a obedecer su mandato sin preguntar, el que al crecer domina más? ¿Será el que se convierte en condena, cuando es ignorado, y en bendición, cuando es deseado? ¿Será la necesidad de reconocimiento, la gran ilusión, el ser parte del cambio, el poder de participar en el mejoramiento de la humanidad y, para los genios, el ser de la superioridad y su profunda influencia sobre la sociedad? Quizá sea una mezcla de todo lo anterior, pero yo sé, basada en mi experiencia, que la voz del arte se puede escuchar clara y vibrante, como la locución de un ser amado, aunque no siempre buscado. Su llamado es fuerte y me acompaña, pero sus palabras no siempre me resultan familiares. Es mi propia esencia que convoca, mi ser de artista.

De pronto, comienzo a escuchar ese silencio tan especial; denso, húmedo, cálido aislante, seductor; esa quietud que me arranca de esta vida y me conduce a un estado de meditación. El sonido del silencio va, poco a poco, apagando las voces de los detalles cotidianos, mundanos, acallando las palabras hasta difuminar a mis seres más amados. Ese silencio me cobija, me protege, me promete, a veces sutilmente y otras tan furiosamente como el sonido del trueno o con la pasión de un amante desesperado.

Me vuelvo observadora de la vida, un tanto distante, un tanto fría. Paso de estar completamente entregada a ser una presencia casi lejana. Comienza el rechazo a lo que me rodea, a lo convencional, a todo cuanto me distrae. El interés por lo ordinario se transforma en ausencia, en algo borroso, insípido, lánguido, monótono, gris, caótico; irritante resulta cualquier interrupción. Simultáneamente, la vida sigue peleando ferozmente por su lugar. Y es aquí, en este jaloneo donde, de un segundo a otro, me empiezo a separar y el sonido se convierte claramente en el llamado de aquel ser que lucha por ser expresado.  De pronto, me encuentro envuelta en la evocación. Observo todo intensamente, el tiempo es otro, el tempo es otro, el ritmo es otro.

Contemplo el lienzo en blanco frente a mí, el que todo refleja, el que nada dice, el espacio del vacío, del terror.

De pronto, como magia, como la brisa más fresca, más suave, me desprendo en un suspiro. No hay orden, ni ritmo, pero llega la incubación. Viene una idea, otra y otra más, hasta que aparece aquélla tan esperada, tan buscada, tan deseada. Respiro un aire fresco, limpio, claro, vivo. Se abre el universo infinito, con posibilidades sin límites, sin parámetros. ¡Aquí estoy! Percibo un nacimiento. La búsqueda de la luz es vital, alumbrar esa idea es crucial, esencial. En el silencio de la noche, la musa, llamada inspiración, me ha tomado de la mano y me conduce hacia un arduo trabajo, casi obsesivo, muy constante y sin cesar. Llega el sonido del pincel, la danza de la espátula, el ritmo, la música. El rojo corre, la línea ríe; los elementos, sensaciones y conceptos se funden en sinuoso vaivén: el olor del verde, la luz de la sombra, el mundo al morir, tristeza, anhelo, nostalgia, los pasos del morado al azul, el embellecimiento del naranja, la pureza del añil. ¡Mamá, aquí estas! En el viento, la vida, la intuición, el rojo de nuevo, más líneas, más puntos, la pasión de la curva, la seducción, el punto amarillo, el instinto, los ritmos, el poder del amor, la paz, el  respiro, el miedo, la memoria, los genocidios, el negro más negro, la injusticia, el dolor. Respiro, recuerdo a mis hijos, a ti, mi amor; a la familia, los artistas, al otro pintor, las amistades, el naranja, más líneas, romance y frustración, noche, día, viento, silencio, relación, la voz del cuadrado, el canto del pájaro, rectángulo, ciudad, sol, dorado reflejo del mar, abstracción. ¡Aquí estoy, completa, plena, entregada, libre! La vida entra por la brocha. Estoy contigo, todo es uno, tu esencia es la mía, la mía es la tuya, la misma del rojo, el azul; convivencia, entrelazos, todo camina junto, ya no existe separación, el mundo de afuera, el mundo de adentro, una orquesta perfecta. La energía fluye, el color se mezcla, se amalgama, grita de emoción. El sabor es el momento, el respiro, el blanco del olor. Todo cesa, el tiempo se suspende, sólo se escuchan las formas, el color, el lenguaje de creación. Soy mensajera de tu imaginación, definida por ti, sin prejuicio, ni dolor. Me encuentro en la nada, en el todo, en el reino de nuestra fantasía, coronados de ilusión, en el éxtasis; estás conmigo, existo, soy.

De pronto paro. Un viento helado; la conciencia entra, observo y doy un paso atrás; el juicio, la inseguridad, la voz del crítico, la más severa, la más voraz, la mía. Preguntas arduas, las que dominan, las que invaden; la figura principal es lo racional. La música fuerte, estoy en el estudio, de regreso. Entra, mira, observa, sé parte del dolor, del amor, de la vida, de la muerte, de mi alma, de la tuya, ve tu reflejo en esta obra, viaja, vuela, huele, saborea, conócete, conóceme, entiéndeme, encuéntrate, siente lo infinito, toca lo que permanece, vive la luz de nuestros ojos, descúbreme en tu esencia, por siempre, por este instante. Imagínalo todo, todo es posible. Silencio, respiro, sonrío, esa obra vive por sí sola, sin mí, la dejo ir, no hay nada como esa satisfacción, ¡nada! Y es que en el fondo de mí habita la sincera necesidad y el anhelo más profundo de compartir, de expresar, de ser escuchada, entendida, enteramente conocida por ti. Y, después de corto tiempo, la motivación, la búsqueda, el comenzar de nuevo, el lienzo en blanco, la pregunta, el silencio y su sonido, el vacío, la enorme pasión. Al mismo tiempo la vida llama, pero más fuerte es tu voz; tú, mi ser con tus palabras, soy profundamente afortunada, te escucho, ¡aquí estoy! ¡Tú, mi ser de la creación!

Entrevista para el periodico La Prensa


Orgullo binacional en la creación de Lizet Benrey

Por Carlos  Vonson


La artista plástica que reside en San Diego Lizet Benrey nació en la Ciudad de México. Cuando Lizet comenzó la búsqueda para encontrar su estilo y su voz a través de la imagen, ella decidió venirse a vivir a San Diego. Distanciarse de México le permitió un sondeo más profundo de estilo y Lizet encontró más de lo que buscaba. Ahora su vida vive en el péndulo del reloj que oscila entre su vida profesional como artista y la vida hogareña que comparte con su familia y un perro. Este vaivén, bamboleo, y meneo le exige sumergirse dentro de la conciencia creativa para emerger a la realidad cotidiana de madre de familia. Lizet ha mencionado las dificultades y los bretes que esta oscilación trae consigo, pero que al mismo tiempo le ha permitido llegar al éxito internacional con su depurada obra.

Más aún, el rol familiar que Lizet cumple se engendra, de acuerdo a sus comentarios, en la relación que tuvo con su madre recién fallecida. Lizet expresa que su madre fue “la maestra de su vida” y que fue y sigue siendo como su “alma gemela”. La pérdida y el consecuente duelo y tribulación se plasman en su obra, y Lizet afirma que ha “perdido el miedo de pintar” y de expresarse. De la dolencia ahora surgen “colores y formas con más expresión y atrevimiento”. La madre de Lizet es la pintora Shirley Chernitsky, de quien aprendió a pintar y, más importante, de quien heredó la pasión y la apreciación por el arte. Al crecer en este medio, la obra de Lizet Benrey plasma la influencia de artistas cercanos a su familia y que son mundialmente conocidos como José Luís Cuevas, Carlos Nakatani y Lucinda Urrusti.

Para Lizet, la clave para lograr lo que uno se propone en la vida (y más como artista) depende de permitir que emerja la pasión y el amor por lo que uno ama. Así la creatividad y el amor por los seres queridos encuentran un balance. Pero Lizet no solamente encuentra tiempo para estas tareas loables, sino que también dedica tiempo a su comunidad trabajando como voluntaria ayudando a la juventud.

Este mes de junio del año del 2007 son muy trascendentes e importantes para la artista mexicana/estadounidense, pues la exhibición de su trabajo refleja a su misma identidad: se inaugura una exhibición con otros artistas en la Ciudad de México y al mismo tiempo tiene una exhibición individual llamada “Tributo a la tierra” ("Tribute to the Earth") en el centro de San Diego. La artista, por su amor a la tierra, hará una donación a una organización para combatir la contaminación. 

De acuerdo a Lizet, ha llegado el tiempo de corresponderle a la madre tierra por su “generosidad y su magnificencia”. La artista menciona también que esta exhibición es un tributo a la “anfitriona” que nos da un espacio vasto en donde vivir y que “hay que cuidar para las futuras generaciones”.  La inspiración de Lizet mana de la naturaleza, pues cuando observa el espacio blanco frente a ella antes de crear sus obras, “las imágenes de todo lo que vive afloran en mi mente, y al plasmar mis percepciones, mis pensamientos y sensaciones, la naturaleza se convierte en mi musa constante”.

El arte Lizet se localiza en el horizonte de lo abstracto pero sin embargo parecen germinar paradójicamente  representaciones figurativas. La energía y de cierta manera la articulación de las formas en ambas pinturas “Del cosmos” y “Atmósfera” son pinturas soberanas pero al mismo tiempo dependen la una de la otra complementándose. En otras palabras, el lenguaje visual entre las dos es independiente con sus signos propios pero también participan de un mismo idioma y dialogan entre sí. De esta manera producen cierta mimesis abstracta del orden natural.

Las pinturas “Arca de agua” y “Agua renaciendo” rozan con el concepto citado previamente. El marco, y las líneas de estas imágenes convergen en el centro creando así un nicho en el cual lo ausente convive con lo presente. Lo ausente de la nostalgia conversa con lo presente de la memoria. La lógica interna se expone y simultáneamente se dispersa en la sutileza y exquisitez de los colores. El “Arca de agua” es el origen y el nutriente de la vida, mientras que el “Agua renaciendo” es la culminación y la formación de la subsistencia. Es más, el arca se ofrece como la apertura de las entrañas de la tierra con sus misterios aterradores pero a la vez agraciados de beldad, y el agua renaciendo inevitablemente es la transparencia de la pureza original. Las dos pinturas forman una dialéctica de ying-yang, las cuales acarrean en sus líquidas formas y colores referentes de la enciclopedia cultural mexicana y elementos de añoranza del emigrante. Las cuevas de Cacahuamilpa, los cenotes mayas, las aguas caribeñas, los borbotones de Las Estacas, en fin, un sinnúmero de imágenes y retratos brotan en el observador.  

Finalmente las pinturas de “Giro de viento” y  “Alas en blanco” se ocupan un diálogo similar. El giro lleva al espectador a la turbulencia celeste alto que es precedida por la calma y el atestiguamiento de la tierra, mientras que las alas invierten la dinámica trayendo a la superficie terrenal el aspecto divino de las alturas. Además las pinturas de esta exhibición de Lizet Benrey continúan estableciendo diálogos y complementándose más allá de los pares arriba mencionados, pero estas relaciones las dejamos para que las descubran los espectadores.​

Revista desde el Sotano 


El arte reflejo de un todo

Por Lizet Benrey


Abro los ojos. Es de día, otro día. Un día adelante del que hace sólo unas horas viví. Observo, camino despacio, percibo a esta tierra tan anhelada durante toda mi vida. Siento su misterio, su magia. Imagino. Recuerdo mi fantasía. Me encuentro en el oriente, en el Japón, el Imperio del Sol Naciente. Sonrío a la grandiosidad de nuestra estrella, asomándose tan discretamente, brillando su luz tenue a través de los cielos húmedos por la neblina grisácea tan peculiar, envuelta por la brisa del fondo del mar. Las transparentes y poéticas gotas de lluvia acarician mi rostro con delicadeza, regando rítmica y ordenadamente al azul del verde de los elegantes árboles de Bonsai, que se elevan en silencio, dignamente. Otras gotas tiñen sutilmente al magenta del rojo de las orquídeas que se miran entre sí, femeninas, suaves, finas, impecables en su arreglo, siempre sonrientes, siempre sensuales. Las nubes visten de gala sus jardines orquestales con tapetes de musgo, como el terciopelo más suave. Lo toco, lo siento. El viento, percibiéndolo todo, sin decir una palabra. El sonido del pájaro en vuelo me llama. Lo veo, lo sigo con la mirada, con determinación continua, observando sus alas. En mi silencio, de pronto escucho palabras, siento su ágil ritmo. No las comprendo. Escucho su idioma, su voz. Me encuentro con la gente. Observo el movimiento de sus labios. Veo atentamente cómo mueven sus manos. Sigo sus gestos y, en su mirada, siento el abrazo de lo familiar, siento la humanidad y el recuerdo del lenguaje universal, aquél que habita -de una manera u otra- la vida de todo ser humano. Recuerdo el arte y, con esta referencia, recorro Japón. Fantástica herencia milenaria, donde el arte refleja la vida, donde lo exterior simboliza su interior, donde la integración y asimilación de ideas de diversos pueblos enriquecen su propia expresión, creando así una cultura autóctona, única, genuina.

Viajando por el tren bala, imagino el auge de la pintura en el siglo VI, el periodo de introducción del budismo proveniente de China, India y Corea. El templo budista Hōryū-ji contiene las edificaciones de madera más antiguas del mundo; monasterio venerado por los japoneses y patrimonio de la humanidad. Percibo pasos de historia, sentido de pertenencia al pasado, pagodas estilo Kudara, esculturas de Buda y deidades que cuidan como guardianes las calles, los pasillos, los templos y las capillas. La riqueza de los colores en las pinturas típicas de China: tonos vibrantes, rico colorido, sátira en las caricaturas, máscaras de dragones, peces Koi con ojos saltones, sentido del humor, los dioses del cielo. Un señor de traje, a mi lado, ríe al leer apasionadamente su cómic. Figuras animadas y dibujos influenciados por las pinturas de siglos atrás, un parque recreativo con imágenes de dragón, murales de caricaturas, risas coquetas y voces suaves inundan las calles del Japón.

Me impregna el refinamiento en la pintura yamato-e, los bellos pergaminos E-maki, el periodo Heian (794-1185), las formas autóctonas, los símbolos y representaciones que reflejan la vida de la aristocracia y su intelecto. La combinación de texto e ilustración en sus obras me lleva a presenciar el surgimiento de una nueva forma de escritura, propia del Japón, llamada Kana, la cual expresa bellamente los sentimientos, leyendas, historias, relatos, así como los cuentos de Genji. La  letra  impresa es reflejo de la arquitectura de líneas audaces, techos curvos, ventanas geométricas, caligrafía, energía del momento, la fluidez de la acuarela, la estética del budismo Zen. Al caminar descalza en un palacio, escucho la voz del piso de madera, los suspiros, los sonidos del vacío que canta para ahuyentar a los enemigos, a los malos espíritus. La nobleza le da el poder a los guerreros, los samurai. El realismo se plasma en esculturas sin pretensiones, pinturas en blanco y negro, espadas, la apreciación a lo poderoso, a lo viril. Atestiguo el conservadurismo, el paisajismo, Kyoto y la nobleza; hoja de oro es la luz en el lago del Pabellón Dorado, la más llena de magia, la más sofisticada, el lugar más sereno, el más bello. ¡Que se detenga el tiempo en la más profunda calma! La paz armoniza lo eterno, completa aceptación, meditación, lo sagrado del silencio, la respuesta en el vacío. Frente a mí se yergue Japón. Los santuarios, monasterios, la introspección. Los grandes palacios y el sentido de abstracción, la ventana a la imaginación. Pinturas austeras, sugestivas, monocromáticas, simples. Los monjes Zen. La apreciación por la naturaleza, la convivencia y lo etéreo de los paisajes sansui-ga. El maestro Sesshu, la simbología, el profundo respeto al espacio que da la importancia al detalle en su música, en la simpleza y exuberancia de la comida, el sushi y el exquisito sabor del té. La influencia del occidente -cada vez más ardua, más prominente-, la llegada del cristianismo, los feudales e influyentes mercaderes, las armas de fuego, la construcción de los imponentes castillos. Azuchi, en Osaka, se ilumina de noche, mágico, misterioso, poderoso, seductor. Ukiyo-e, pintura proveniente del costumbrismo, alude a la libertad de la vida. Grabados de colores, vida de noche, burdeles, escenas de amor, zumos, pasión, tsunamis, el fantástico teatro Kabuki, ritmos, movimientos, colores vibrantes, majestuosa expresión de imagen escénica, impactante acto de corporalidad artística.

Me encuentro con la belleza de los kimonos en forma de “T”. El naranja representa la vida de la riqueza, el rojo lo visten las más sofisticadas artistas tradicionales, llamadas Geishas. El olor a lluvia se impregna alrededor, en los románticos paisajes clásicos. El pintor Kawai Gyokudo cautiva con sus colores pasteles, amplias llanuras, delicados puentes, serenidad de la gente. Tonos de rosa pálido, el ritual de la primavera, el florecimiento de los árboles de cerezo, encajes finos, pétalos cayendo como plumas de nieve decoran el viento. La relación, rivalidad e influencia mutua de dos corrientes de arte, la tradicional y la occidental. En los pasos del sufrimiento, del dolor, los terremotos, las guerras, surgen Murayama y la reconstruccion, el arte pop, el minimalista periodo Taisho (1912-26), los pensamientos humanistas que dan paso a la expresión individual, las influencias europeas en la pintura, el surrealismo de Dalí y el cubismo de Picasso, seres volando influidos por Chagall. Yamaguchi y la maestría del espacio, planos de intensos rojos. La excelsa cinematografía del gran director Akira Kurosawa, su manejo de telefotos, el halago al espacio entre el actor y la cámara, el  uso de los vestuarios por meses -antes de ser filmados- para que los actores se vinculen con ellos, que los vivan, que los sientan. Su excelsa y última película Madadayo, la profunda admiración a los profesores, a la sabiduría, la adoración, a la vejez sin rechazo alguno; el amor a los animales, la convivencia con la naturaleza, las tomas del clima como elemento que afecta el humor, el sentimiento y  la vida del ser humano. El matrimonio del realismo con lo mágico.

La gente, llena de energía, da pasos apresurados; no cesa de trabajar, su mente enfocada, clara, organizada, no hay lugar para el caos. Primer mundo, moderno, tecnológico y, al mismo tiempo, el arraigo a sus raíces, su cultura, la limpieza más pura. Hacen citas con su respiro, con su silencio. Los  tamaños son reducidos sin excesos, la conciencia del medio ambiente es enorme. El arte moderno japonés llega a la madurez: Kobayashi y su pintura-cielo. Vivo el extraordinario museo de John Lennon; me siento enamorada, parte de ellos, de Ginza y sus galerías, fantástico arte contemporáneo. Es a través de este lenguaje que dejo de ser
extranjera. Nos mostramos nuestras obras, nos entendemos profunda y completamente, hablamos el mismo idioma, el que nos guía, el que nos llena de luz, aquel que refleja lo eterno del todo.

a R t I s T  . Filmmaker . Actress . Screenwriter . 

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